De qué va el juego

Llevo años acercándome a los productos que generan las nuevas tecnologías con una mirada inquisidora, tratando de valorar cómo, en un universo de infinitas posibilidades, nuestras mentes están limitadas y condicionadas por las experiencias previas. Lo nuevo de lo nuevo, al final, resulta ser el escenario.

Los juegos son, en este sentido, una pieza clave en el puzzle. De manera que, ante el estupor de propios y extraños, de vez en cuando me he ido apuntando, con la inestimable ayuda de mis hijos, a aquellos que veía que no requerían demasiado tiempo para dedicarles y me podían servir de referencia para lo que quería constatar. Y digo constatar porque, en efecto, uno ya puede intuir cómo funcionan, pero el reto está en tratar de penetrar en la lógica de los algoritmos que contienen, porque sólo eso te puede desvelar la contundencia de la tesis que sostienes tras un acercamiento inicial.

No niego que después se pueden encontrar satisfacciones inusitadas, si uno se lo toma con un cierto sentido del humor. Por ejemplo, en uno de estos populares juegos, que consiste en llevar un club de fútbol como una especie de presidente-entrenador, me divertí poniéndole a los jugadores nombres de escritores. Como el juego en cuestión se difunde por Facebook y, tarde o temprano, cuando instalas la aplicación en el móvil o en cualquier otro descuido, te modifican los permisos para que difundas, sin quererlo, y les hagas un poco de propaganda, no podía resistirme a la tentación de imaginar qué puñetas pensarían de mí mis amigos al leer el mensaje donde se decía que acababa de vender a Valle-Inclán y a Unamuno a un club congoleño.

La cuestión de fondo, en cualquier caso lúdica a la fuerza, es que se toman muchas molestias, a veces más de las deseadas, para que aunque intentes buscar puntos débiles, sólo exista una forma de ganar: gastándote dinero. Pongamos un ejemplo claro, siguiendo con el juego al que he aludido: tú puedes no subir de categoría y tus jugadores serán cada vez mejores, pero en la siguiente temporada el algoritmo (cuánto empieza a parecerse éste algoritmo a esas fantásticas leyes de nuestra economía y de nuestra sociedad) te coloca con los de tu nivel y así sucesivamente.

Si consideramos que la función del juego es un aprendizaje o una emulación, ya sabemos para qué se están preparando nuestros jóvenes: el mito de la competitividad y de la inversión, por lo demás fácilmente transformable en hurto cuando no hay producto o, como en nuestras vidas, cuando no existe el dinero que invertir. A uno le costaría mucho pensar por qué este tipo de juegos acaban siendo adictivos entre los jóvenes, si no fuera porque sabemos que no es el juego el que adoctrina (aunque de paso lo haga también y sirva de refuerzo), sino que aprovecha un sistema de valores que ya funciona en nuestra sociedad.

Pero llegados a este punto es donde captamos las paradojas, lo verdaderamente nuevo de lo nuevo: mientras en los juegos de nuestra generación las emulaciones eran un pacto con la imaginación, un acceder directa y más libremente a las entrañas de la ideología integrada y percibida como nuestra, ahora el joven viene literalmente abducido por un viaje a los avernos con guía turística incluida. El juego se transforma, por su virtualidad, en una experiencia ilusoria. Se necesitaría una simple sacudida para hacerlos salir de la adicción, sólo que los mercados son perversos cuando buscan beneficios y saben que si el juego es social, son los compañeros quienes refrendan la veracidad psicológica de la nada de que estamos hablando. No es el mecanismo (ya existía el Monopoly desde hace tiempo, por ejemplo), sino la construcción de redes de solidaridades falsas de creyentes que, como si de una secta se tratase, no van a querer renunciar a eso que ya son dentro del juego y que dejaran de serlo si lo abandonan.

Hasta aquí todo resulta claro. Sin embargo, sorpresa, si tiramos de la manta y desvelamos los principios de esta reflexión, nos encontramos con que es ésta la historia de nuestras vidas. Las mismas personas que han seguido hasta aquí la lectura, puede que de golpe empiecen a dudar si les digo que es éste el mismo carácter ilusorio que regula nuestra sociedad, que somos adictos a un engaño donde las cosas no son por necesidad, sino por convención que ha de ser aceptada. Curiosa actualización del theatrum mundi: otra vez la vida es sueño. Invitar, por lo tanto, a reflexionar sobre las claves que hacen que el engaño resida en el juego de las reglas, en quién y cómo decide, el verdadero e importante juego supremo al que nadie parece dispuesto a invitarnos, me aleja de ser el razonable consejero que parecía para convertirme en un peligroso antisistema. ¿Qué podemos hacerle? Mi deber y mi vocación es provocar este tipo de sacudidas contra las adicciones. Fuera de eso, se diría que cada uno es libre de decidir sobre su vida. Pero tengamos presente que hay dos maneras de jugar a Bankia. Son las reglas, no siempre explícitas, del juego.

Hola, ¿te acuerdas de mí?

No hay que darle más vueltas, si no son buenos tiempos para la literatura es porque resulta mucho más ameno y económico leer la vida. Hay que reconocer que esta maldita crisis favorece ya cualquier cosa, incluso nuestra desidia, hasta el punto de convertirnos sin quererlo en víctimas propiciatorias. De hecho, uno empieza a dudar de su propia condición y estado. No hace mucho que perdimos nuestra solidez y quedamos inmersos en esta modernidad líquida, pero somos ya tan vulnerables y estamos sometidos a tantas variables que uno se teme que la cosa haya ido a más y que, con esta falta de liquidez que nos concierne, nos estemos moviendo en estado gaseoso y hasta nos transformemos, sin darnos cuenta, en plasma.

Para quienes, como en mi caso, nunca tuvimos serias aspiraciones de petrificarnos, la maleabilidad de aquello a lo que llaman ser siempre fue aceptada como una ventaja. Bien usada, se revela un perfecto camuflaje. Lástima que el estilo ocasional se preste a menudo a lecturas equivocadas, sobre todo en las zonas de paso, que son espacios poblados por los mejores semiólogos del planeta: ladrones, timadores, carteristas, etc. También en este sector hay una profunda crisis y trae cuenta ponerse al día sobre los nuevos avances de tales ciencias.

Tarde o temprano a todos nos llega el momento equivocado, el de salir del trabajo cansado pero sin prisas, el de ir vestido para la ocasión, el de esbozar sin quererlo una sonrisa amable mientras dialogas con tus pensamientos. Detalles irrelevantes, pero que nunca pasan desapercibidos al ojo atento. De pronto, un coche frente a ti, un cristal de una ventanilla que se baja:

-Hola, ¿qué tal?, ¿te acuerdas de mí?

Un poco por confusión (normal si tu profesión te hace conocer más de mil personas nuevas cada año), un poco por cortesía, acabas dando la respuesta previsible:

-Sí, ¿cómo te va? – esperando que el presunto (des)conocido no te entretenga, ya que va conduciendo.

Sin embargo, ante tu asombro, él prosigue la conversación, sin darse cuenta de que tú ya notas un acento extraño, y no sólo eso:

-Muy bien, me va muy bien. Al final me fui a Alemania y me hice sastre. He montado una empresa exclusivamente para tejidos de cachemira.

Ningún italiano que se precie se hace sastre; son todos diseñadores o estilistas, tanto si cortan telas, como si cortan pelo.

Llegados a ese punto, no quedaba más que añadir, sino que me alegraba mucho; mientras, me disponía ya a proseguir por mi camino. Pero a un buen profesional no puede escapársele fácilmente un pollo, aunque no sea capaz de captar que el animal en cuestión no lleva relleno. Insiste:

-Oye, ¿me puedes pasar tu tarjeta y te mando un regalo del muestrario para que lo promociones?

Tampoco le disuade el que no tenga tarjeta y me hace esperar a que aparque para darme la suya. La broma pudo salirle bastante cara. Arranca buscando el lado de la acera con menos testigos y casi se lo lleva por delante un impaciente autobús romano. Me acerco entonces con inenarrable placer contenido, consciente ya de tener la sartén por el mango. Pero no me da su tarjeta. Me estrecha fuertemente la mano (como si de un aprendiz de político se tratara) y me agasaja con una de sus supuestas chaquetas de cachemira, modelo “saldos del zoco”, señalando con el dedo el logo de su empresa en la bolsa y recordándome que su dirección iba escrita en la etiqueta.

Todo buen timador es ladrón de guante blanco y espera de la víctima una manifiesta complicidad. Yo lo habría honrado con una compensación económica sólo por el espectáculo, por la hábil ejecución o, como mínimo, por el inesperado homenaje al surrealismo en que me veía involucrado. Pero entonces me solicitó como único favor que le diera algo de dinero, una cantidad, por supuesto, muy inferior al inefable precio de la prenda. Al parecer, él tenía que regresar a Alemania y no le llegaba para los gastos del viaje. Desgraciadamente, sentí mostrarle los tristes quince euros que quedaban en mi cartera y hacerle saber que mi cajero automático se había quedado perdido en un supermercado diez días antes. Comprendió que el pollo ya venía desplumado, por lo que recuperó su bolsa y se marchó con gesto contrariado.

Es interesante poder reconocer en nuestro propio plasma genético la herencia del pardillo. Condición que seguramente han debido captar nuestros políticos y banqueros durante los últimos años. ¿Os acordáis de ellos? Sus rostros complacientes, sus chaquetas de cachemira, sus juegos de cacerolas, sus pantallas de plasma, sus sartenes por el mango, sus apretones de mano. Amabilidad, persuasión, rapidez, regalos, compromisos, firmas. La letra pequeña. Liquidados.

Tsunamis de laboratorio

A pesar de las frecuentes iniciativas de los indignados españoles, a pesar de una mayor protesta, de un hastío más fuerte recorriendo nuestras calles y ciudades, parece más difícil a día de hoy una canalización política como la que ha llevado a cabo el M5S en Italia. Las razones son evidentes, pues hablamos de dos panoramas nacionales bastante antagónicos. Mientras que en España se ha asistido a una alternancia política, primero de periodos largos, luego más breves, mientras que ésta ha condicionado una renovación de candidatos, una búsqueda de nuevas estrategias de imagen y de comunicación, en Italia se padecía una hegemonía inexplicable. Berlusconi cuenta, sin duda, con más caídas que Cristo. Su calvario ha sido anunciado tantas veces que resulta asombroso que sus opositores se sigan llamando a engaño. Ayer mismo tuvo que hacer una nueva advertencia Massimo Cacciari en el programa de debate político Servizio Pubblico, una de los últimas reservas de libre opinión, que dirige y presenta Michele Santoro. El personaje sigue ahí y no se le debe dar por muerto.

Resulta evidente que el desengaño del ciudadano italiano respecto a la casta política dirigente, en estas circunstancias, ha empezado a actuar en bloque. Se duda del sistema, la manipulación informativa es un hecho que se da por descontado, la falta de transparencia y de democracia en la organización de los partidos pesa hasta tal punto que el PD es consciente de su necesidad de renovación, pero carece de recambios tras años de oposición en los que no ha sabido ni querido atender a corrientes internas de opinión y que, por lo tanto, dejó sin salida a las nuevas generaciones. Sin embargo, fuera de la versión oficial, el tsunami les llega a todos porque, gradualmente y sin darnos cuenta, los partidos políticos se han burocratizado, se han verticalizado excesivamente en los últimos decenios, se han distanciado de sus electores.

Tal vez no haya que perder de vista estas razones, porque si se tira del hilo es posible que el tsunami español sea ahora mismo una maraña de fuerzas contenidas listas para estallar. Por fortuna, la izquierda española ha sabido en seguida estar alerta y ser consciente de que tenía que ponerse del lado de los más desfavorecidos en la actual crisis, pero a veces lo hizo olvidando hipócritamente su parte de culpa y sin realizar ningún tipo de autocrítica. Quizás sería el momento ideal para exigir una transformación interna más profunda, sobre todo si se quiere evitar que la credibilidad futura vaya a parar a otras manos, como ya está empezando a ocurrir en algunos países cercanos.

Otra diferencia radical entre Italia y España la podemos observar en la diferente vida de los escándalos. Mientras uno puede pasarse semanas leyendo en la prensa española noticias sobre el caso Nóos y sobre Bárcenas, vuelan entre las páginas de los periódicos transalpinos ventas y compras de parlamentarios, asuntos turbios bancarios, conjuntivitis y demás harenes. Una danza que se ha incrementado conforme se ha ido desmenuzando la amenaza de un poder fuerte. Si se abandona la gestión ajedrecística de la partida, si se dejan de sacrificar débiles peones para crear daños electorales al adversario, la corrupción empieza a emerger con todo su esplendor y lo que eran evidencias de dominio público hasta ahora reducidas a sospechas nos empiezan ya a marcar los verdaderos niveles de degradación del sistema actual.

Las consecuencias son claras: o los partidos políticos regresan a sus orígenes, renovando sus filas y creciendo en contacto con los ciudadanos, o serán otros los que recojan las voces de los numerosos electores en busca de representante fidedigno. Eso, o que quienes ahora ocupan ese espacio sigan rezando para que se desvanezca en la nada la crisis y que de ese modo todo pueda quedar felizmente archivado en el olvido.

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