La caída de los Titanes

A veces las películas más inocentes en apariencia esconden sorpresas. En realidad lo hacen casi siempre. Es raro el discurso cultural que no ratifique el sistema de valores que le da vida. Si así no fuera, sería extraño que tanta gente se sentara delante de un televisor esperando, como el niño antes de dormirse, a que le cuenten la misma fábula.

Recientemente me llamó la atención una curiosa pastelada interracial, por lo demás bienintencionada: Remember the Titans. La película, que en español llevó por título Duelo de Titanes, se basa en hechos reales y retrata el cambio de actitud política integradora que permitió que en Estados Unidos se rompieran las barreras étnicas en la esfera educativas durante los años 70. Lo que ocurre es que la versión cinematográfica de los hechos se remonta al año 2000, cuando la expansión neoliberal aún daba sus penúltimos coletazos. De ahí que, sin quererlo, se hiciera apología de la lucha contra el racismo usando un tipo de argumento que hoy brilla con una luz nueva. No es casualidad que se empleara el ejemplo de un equipo de fútbol americano, compuesto ya por negros y blancos, para acabar utilizando una metáfora que se muestra con todo su esplendor en el epílogo: ya no tiene sentido hablar de blancos y negros en un sistema que en realidad diferencia entre vencedores y perdedores. Y lo que a la ideología se le escapa, la falla que no puede esconderse en la analogía, está implícita en el elemento omitido que permite la metáfora: la discriminación. Lo que traducido significa lo que ya sabemos, que la nueva discriminación que desde los años 80 estaba difundiéndose recaía sobre el binomio de winner vs. loser.

Todo esto aparece en esas claves en que el capitalismo había construido su propia legitimación: la virtud, la igualitaria posibilidad del hombre de elaborar su propio destino (self-made man), etc. Conceptos que, sin embargo, generaban conflictos entre las aspiraciones de cada individuo  con su prójimo, con la consiguiente necesidad de un arbitraje neutral, lo que justificó la defensa del papel del Estado y de las instituciones, que gradualmente irían constituyendo la esfera de lo público en su sentido moderno. Y aquí empieza la aventura de los últimos decenios: la privatización de lo público y los desajustes que ocasiona.

Globalización y neoliberalismo, desde el enfoque actual, son dos caras de una misma moneda. El problema emerge cuando se busca un chivo expiatorio externo para dar cuenta de los problemas que el sistema está generando. Así, Rajoy hablaba desde la cumbre del G 20 en Hangzhou de los peligros del populismo, tratando de invertir de este modo las relaciones entre causas y efectos.

El problema de los llamados mercados desregulados, independientemente de que hayan dado lugar a situaciones que no coinciden en todos los países, es que no han supuesto en realidad un nuevo orden. Lo que verdaderamente tenemos son mercados opacos que, como todo el mundo ya sabe -lo calle o no-, han invertido, especialmente en Europa, las relaciones de mediación entre privado y público. Y la consecuencia natural de la pérdida de la función de arbitraje de lo público sobre lo privado crea una crisis de representación (más agravada en España a causa de conflictos que no fueron zanjados en la transición y que ahora salen de su letargo o cobran mayor dinamismo). Si lo público se convierte en una fuente de ganancias a través de su gestión, bien porque se delega en lo privado, bien porque se usan las influencias sobre las instituciones para ponerlas al servicio de intereses que no pueden identificarse con el bien común, no sólo se consolida la corrupción como forma de gobierno, sino que se altera la percepción de los principios democráticos.

Claro está, en este contexto el “no nos representan” es la consecuencia de un sistema que ha alterado sus propias reglas del juego. Del mismo modo, también percibe el ciudadano la inutilidad de su virtud, la imposibilidad de hacer valer sus capacidades para triunfar en la vida. El poder oligárquico no gusta de medias tintas y está dispuesto a hacer del trabajo autónomo su nuevo perverso mecanismo para incitar a la autoexplotación. Además, de un día para otro, la lluvia de gotitas de maná se transformó en granizo y el sueño americano empezó a ser una pesadilla de perdedores. De poco servía ya culpabilizarlos de su propia condición. El masoquismo tienen ciertos límites de tolerancia.

La promesa de refundar el capitalismo se está diluyendo en un simple saneo de las arcas. Lo cual es preludio de nuevos asaltos a lo público: una fuga hacia adelante que amenaza con agravar más la situación. Convendría, pues, responder becquerianamente a Rajoy, así como a todos quienes intentan ver en el exterior los desajustes que han sido creados desde dentro, diciéndole aquello de: ¿y tú me lo preguntas?, el enemigo eres tú.

Con una reflexión final. Durante el siglo XIX el papel del Estado había sido también profundamente cuestionado en la filosofía. Se debe curiosamente al marxismo una recuperación del interés por redefinir su funcionamiento, aunque el siglo XX nos demostró que se estaba lejos de conseguir formas alternativas de organización social. El actual escenario ha determinado una confluencia de intereses de las clases medias y las llamadas populares, que se está traduciendo en una reivindicación de los derechos laborales perdidos y de la recuperación de mecanismos democráticos que permiten que las instituciones velen por el bien común. Sin denostar el interés que ha de tener aspirar al asalto a los cielos y que puede suponer influir desde el gobierno, tal vez convenga recordar que los derechos se pelean uno a uno, que lo local y lo regional tienen gran importancia en este engranaje y que disputar la hegemonía cultural, tarea difícil cuando tu adversario controla casi todos los medios, no se juega sólo en la esfera mediática. También para promover la necesaria cohesión social se necesita ofrecer los instrumentos adecuados. Esa labor tendría que ser hoy prioritaria.

El voto cautivo y el voto de identificación

Durante años, en Italia, había que armarse con linternas y focos, había que escudriñar los rincones más remotos para encontrar un votante declarado de Berlusconi. Quien más y quien menos podía contar con la nítida lectura que permitían los resultados electorales para comprender que el trasvase de la Democrazia Cristiana cuadraba, que habíamos pestañeado un momento y donde antes estaban ellos ahora estaba escrito Forza Italia. Tangentopoli se había resuelto, a la postre no resuelto, de esta manera, como si ahora en España se sustituyera en bloque al PP por Ciudadanos: una garantía para que nada cambiase.
Hablar de voto cautivo para explicar resultados de mayorías es usar un concepto insultante para muchas personas. Desgraciadamente, si buscamos razones, hallaremos un mecanismo más perverso, que tendríamos que asumir para comprender correctamente lo que sucede en nuestra sociedad. No niego la existencia de votantes que desgraciadamente no tienen casi elección. La complicidad social tiene grados y la ideología tiene capacidad de sobra para ponernos en bandeja coartadas y autoengaños con que justificarnos, pero no todo se puede meter en el mismo saco. Hay niveles directos de implicación en las esferas sociales vinculadas más estrechamente con la política, ya sea por beneficios recibidos, ya sea porque se ve en peligro el estatus, pero por fortuna, aunque no son casos aislados, sí son muy extremos. Se diría que además resultan de sobra compensados por quienes desgraciadamente han empezado a quedar al margen, por quienes carecen de trabajo y de influencias.
Regresando al ejemplo italiano del que partía, hay otro síntoma alarmante cuando consideramos a día de hoy lo que significó Mani Pulite: en los 90 había una moral pública que podía hacer caer de un plumazo un entero partido, incluso aunque se tratara de una de las piezas claves constituyentes de la República italiana en 1946. Sin embargo, nadie se rasgó las vestiduras, ni dijo que se estuviera atentando contra el pacto social. Al contrario, hubo un sentimiento nacional de vergüenza. Con los democristianos, escindidos y polarizados hacia otras alianzas, cayó también Craxi y las siglas que representaba se diluyeron, a pesar de tímidos esfuerzos por hacerlas rebrotar. No volverían ya a ser determinantes.
En estas condiciones, lo que uno se esperaría sería la desaparición del votante de dichas opciones, pero no la invisibilidad del votante nuevo. Este fenómeno se puede analizar de dos maneras. La sociología tiende a hacerlo a partir de datos, pero éstos no siempre explican lo que captamos a través de sensaciones, mediante el análisis directo que nos proporciona el contacto con las personas. En este sentido, lo que Forza Italia supuso con ese gran anatema político que constituía la representación directa de los intereses económicos privados en el Estado, revelaba un peligro que la socialdemocracia debería haber estudiado en su momento. El voto a Berlusconi era un voto de identificación, de pertenencia a un engranaje, no ya a una clase social. Había empezado a instalarse el discurso de que si le va bien a quien te ha dado el puesto de trabajo, será también beneficioso para ti. De ahí esa contradicción, en un periodo de incertidumbre en que, con los primeras metas conseguidas de esa llamada sociedad del bienestar, los desajustes que actualmente padecemos no se vislumbraban en el horizonte. Lo cual marcó, ante la completa ceguera de la izquierda, una transición desde la conciencia de clase del pasado siglo hacia nuevos modelos de identidad. Y ahí, el poder mediático que Berlusconi monopolizaba le hizo ganar decisivamente terreno. Por eso había en sus votantes una cierta conciencia de culpa que los convertía en mayoría invisible, al menos durante la primera década de existencia de este partido y de su transformación en las sucesivas coaliciones.
No obstante, hubo una ceguera mayor, que ha llegado casi hasta nuestros días, el grave error de la socialdemocracia y de su abrazo a la remodelación de la tercera vía era, si consideramos estas premisas, el definitivo suicidio político al que puede verse abocada si no rectifica urgentemente: al reducir gradualmente el peso de lo público, redujo visiblemente el peso de voto por identificación, que fue yendo a parar poco a poco a manos de los representantes de quienes tutelaban legítima o no tan legítimamente, según hemos comprobado, los sectores privados para los que ahora cada vez más gente trabajaba. Romper esta cadenas de identidades sólo se puede conseguir recobrando el terreno perdido y politizando la esfera pública, ampliando los márgenes de participación ciudadana. Pero la espectacularización mediática a la que hábilmente nos han sometido supone un obstáculo. La influencia de ésta sólo ha empezado a quebrarse con el paulatino protagonismo que van adquiriendo las nuevas formas de comunicación y las redes sociales, lo que en gran medida ha permitido la actual momentánea reacción.
Es evidente que Podemos ha sido la iniciativa, ahora ya transformándose en partido, que mejor ha leído nuestro panorama. Pero su base es la de los nuevos niveles de marginación social: el paro, la precariedad, las jóvenes generaciones no integradas en el sistema, el descontento intelectual y la intolerancia ante la corrupción. Careciendo de otras fuentes de voto de identificación, sus límites actuales de apoyos pueden oscilar entre un 15 y un 30% de votantes potenciales. Algo que parece un milagro para un partido que aún está construyendo su infraestructura. Para un asalto al poder se va a necesitar algo más. A tenor de lo previsible, en el actual laboratorio de estas elecciones municipales parece que esa otra vía, con estrategias integradoras como Syriza, pero con formas de organización más cercanas a las de Podemos, se pueda presentar como una solución más exitosa, como un camino adecuado para recoger mayores consensos. La mejor noticia de todo esto, en el caso de que los resultados ratificaran las previsiones, es que muchas personas empezamos a recobrar una opción política que nos represente. La duda, que ha de resolverse el próximo 24, es si en las próximas generales convendrá apostar por un Ahora España, mientras Podemos termina de organizarse, sin precipitación y sin pasos en falso. Ya sabemos por otras formaciones emergentes que la prisa no es buena consejera. La prudencia, a pesar de la necesidad de aprovechar un momento clave, con que Podemos ha renunciado a las municipales es garantía de voluntad de hacer las cosas bien. Y si algo es imprescindible, considerando lo que se otea en el horizonte, es que las cosas se hagan bien.

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