El fustigador automático

Desembarcan los hombres del FMI. No son cuñados, son expertos, como reza alguna publicidad. Representan el nuevo imperativo categórico del porque sí. Son los nuevos superhéroes, como Super Mario para la prensa italiana (Draghi para los antagonistas). No vienen capitaneados por la vikinga Lagertha, pero conviene guardarse bien de Lagarde. La Garduña regresa a suelo patrio dispuesta a restablecer la ley y el orden, ése que se constituye en nombre de lo invisible, de lo impersonal: “lo dice Europa”, “la seguridad de los mercados”, “el interés de los inversores”…

Vienen dispuestos a decretar el final del juego, ese misterioso azar por el que se dio a España una bula temporal, la que ha permitido hacer tímidamente lo que decían en Podemos pero sin Podemos -o con Podemos como excusa. Vienen a recordarnos que esta pausa de la que se gozó para que el PIB tomara un respiro tiene fecha de caducidad. Es necesario un nuevo gobierno fuerte, sin fisuras, para austerizar esos Estados mediterráneos que, por vicisitudes históricas y por padecer de forma más violenta las consecuencias del delirio neoliberal, son menos domesticables. Vienen para intentar imponer la irreversibilidad de los procesos, lo que al mismo tiempo se está tratando de conseguir con el proyecto de reforma de la Constitución italiana.

Las medidas de fuerza suelen ser un signo de debilidad. Saben que no hay digestión que soporte ya volver a comulgar con ruedas de molino. Lo que su aparente infalibilidad no permite esconder son las responsabilidades. Las crisis no llueven del cielo. Y los genios de las finanzas, con su incuestionable clarividencia, deberían poder resolverlas antes de que se manifiesten. Es así como se garantiza la credibilidad. En caso contrario, igual caemos en la cuenta de que Europa, los mercados, los inversores, somos nosotros. Porque así debería ser por definición y si no lo somos es que alguien nos está engañando.

Claro, en ese juego de invisibilidades, en esas impersonalizaciones de poderes anónimos y supremos, hay un proceso más amplio para el que este modelo productivo en plena globalización sólo es (frágilmente) sostenible homologando las condiciones y los derechos laborales, haciéndonos a la vez países desarrollados y tercer mundo. De ahí la necesidad de que nuestros jóvenes tengan que ir en busca del bienestar a economías que se hallan en condiciones más saludables, mientras nosotros cubrimos parte de la nueva pobreza con la afluencia de emigración de quienes están en peores condiciones en sus países de origen. Mecanismo que, unido al fomento de un nuevo precariado autónomo, parece destinado a romper cualquier tipo de solidaridades sindicales en una sociedad ya de por sí atomizada. Se impone reaccionar reinventando estrategias de defensa más eficaces y adecuadas.

El berlusconismo fue un excelente laboratorio, también en lo relativo al control mediático, sólo que con los primeros rigores de la crisis el capital financiero no podía obligar al gobierno italiano a actuar en contra de sus propios intereses económicos (no ya nacionales, sino personales) y, desde una derecha acostumbrada a políticas más proteccionistas, la amenaza de salir del Euro podía aparecer. Y lo hizo, aunque duró casi lo mismo que la reciente de Pedro Sánchez para formar un gobierno alternativo. Lo que hace unos meses se empezó a consumar con el Brexit, en Italia no pasó de hipótesis incoativa. No todos los países gozan de los mismos privilegios. Pero sí quedó claro, en esa larga y triste experiencia, que las nuevas identidades previas a la crisis neoliberal habían funcionado: cuanto mejor le vaya al jefe, mejor me irá a mí. Justo lo que el PSOE estaba pagando entonces en España, su primer harakiri: conforme avanzaban las privatizaciones, perdía los votos de quienes ya no tenían interés en defender al partido que se había erigido durante años como baluarte de lo público.

Vienen pues, ahora, nuestros superhéroes dispuestos a conducirnos a los encuentros en la tercera fase. Vienen, como en un mal chiste, a bordar el relato que aquí ya se estaba cociendo con la inestimable labor de nuestras costureras y de nuestros costureros. Vienen con la falta de perspectiva que dictan las dinámicas de los mercados. Cuando se hacía política seriamente, se consideraban las estrategias a largo plazo. En el actual contexto, este tipo de soluciones no cabe en sus planes. Se necesita estar muy ciego para no darse cuenta de que traen intenciones de tierra quemada. Pero, en fin, a uno ya nada le asombra. Por ahora, no queda más que tomarse las cosas con buen humor: imaginarse, con las debidas dosis de hipérbole, que igual llega el día en que deciden que la productividad aumenta si introducen al fustigador, figura encargada de estimularnos a latigazo limpio cuando nuestra atención mengua y cala nuestro rendimiento laboral. Basta con que lo diga Europa, lo confirmen los mercados y se haga reaccionar positivamente a los inversores. La bolsa o la vida: he aquí el dilema.

La Moncloa puede esperar

Escuchando a Julio Anguita valorar los resultados de las elecciones a uno le viene el miedo de estar equivocándose en algo. Es imposible no admirar la sagacidad de este clarividente político, capaz de haberle sacado los colores en su momento a todo el europeísmo de pro y sin contras, herencia de una postmodernidad engañosa, en la que el púrpura intenso cegaba con tan fuerte impresión que no permitía presagiar que esos destellos eran del arrebol que precede al ocaso. La inteligencia no estaba muy de moda por aquel entonces y, si asomaba, era fácil de hipnotizar para dejarla suspendida más allá del horizonte, en un falso infinito de estudio poblado de amapolas.
Anguita era en aquellos años, como sigue siéndolo ahora, una de esas especies raras fuera de cualquier tiempo y lugar, a quienes su concreción y pragmatismo les permite que no desentonen allá donde se encuentren, porque la sagacidad tarda poco en abrirse paso. Alguien así, nunca se pierde y siempre halla la salida.
La clarividencia, sin embargo, tiene sus riesgos. ¿Quién le iba a decir a Anguita que la propuesta del reparto del empleo, anatemizada en 1993 por toda la derecha iluminada y por los estertores del felipismo, iba a tener en nuestros días tan abyecta metamorfosis? No hay que apurarse. Todo cambia muy deprisa ahora y es difícil prever el haz y el envés de una moneda al vuelo.
Nos dice Anguita que el destino del futuro gobierno está marcado y a uno esto le da bastante miedo. Y no porque se proponga una alianza contra natura, la menos deseada por los votantes, pero la que más sencilla resulta que surja de la chistera del imaginario económico y político europeo: nada menos que PP y PSOE bailando juntos pero revueltos, abrazaditos y a ritmo de tango, porque los vaivenes de hoy hacen que un vals sea imposible. Razonable, a fin de cuentas, porque Rajoy después se desmarca para hurgar en la herida de su futuro compañero de danza, sabedor de que en Andalucía le están preparando la sevillana, y mirándolo a los ojos le dice: te elijo a ti. Pero en esta ocasión Anguita lo embadurna todo con el contexto, colando a contramano la convergencia de la izquierda como preparativo para una larga espera que pide ya cimientos, de manera que uno no sabe bien si prestar atención a la prótasis, a la apódosis o a la conveniencia de la relación condicional. Nos quedamos con que sin duda el día iba de tanteos prematrimoniales.
Yo, que me he pasado medio año vaticinando remontadas de Podemos e ingobernabilidad navideña, nunca le calculé a los resultados de estas elecciones menos de seis meses ni más de dos años. Entre otras cosas, porque si Europa dicta, hay que montar el teatrillo. Pero también estoy acostumbrado a corregir mis suspicacias y a no confundir lo que sucede con lo que me gustaría que sucediera. Nunca me creí ese casi 30% de votos que algunas encuestas le asignaron a Podemos hace poco menos de un año, error de cálculo originado tal vez por la falta de costumbre de encontrar una fuerte intención directa de voto, o bien explicable, con cierta malicia, como fruto del deseo de recibir cualquier beneficio compasivo de quienes nos reclaman tanta austeridad, chantajeándolos con el miedo. Da igual. Me sorprende, sin embargo el que la derecha de a pie e incluso la periodística estuviera alarmada ante el pavor por las “hordas comunistas” (qué revelador el rescate del lenguaje del pasado para quienes se obstinan en vivir en otro siglo, dicho sea de paso). Si hubieran reparado en la comodidad, puesta de manifiesto desde la primera rueda de prensa, de un animal mediático como Pablo Iglesias, que ahora añade púlpito gratis a su apellido, que sale de las tertulias semiverduleras para jugar un papel que es el de su casting, se habrían dado cuenta de que para Podemos, sudoroso tras atravesar el desierto con las tablas de la ley, esto es el oasis donde el desgaste es por fin el de los otros. No sabría definir la proporción, pero ni aún llenándole de tachuelas el camino van a impedir que crezca. Para que entren en un gobierno se van a necesitar garantías que ninguna coalición especulable podría satisfacer.
Pero entre todos los descartes se olvidan dos aspectos dramáticos. El primero es el triste rol de Ciudadanos en cualquier quiniela. Populares y socialistas haciendo su política, ejerciendo las máximas y las mínimas del despotismo ilustrado, reformando deprisa para ver si así no les queda a otros nada que intentar reformar, o bien aliviando la austeridad, pero sin ofender a quien de verdad manda. Todo obligatoriamente bajo el signo de las medias tintas; inesperado contraataque tras un centro robado. Ciudadanos se revela como el pelele que ha sido sin que apenas se notara: un muñeco de trapo que hay que dejar en el armario por si todo se tuerce. De muleta a rueda de repuesto. Faltó algodón para rellenarlo, porque, cuando decidió volcar su ambición hegemónica hacia la querencia, le pararon los pies y se quedó casi donde estaba. Si esos resultados hubieran sido los de Podemos, el lunes todos los periódicos habría hablado de desaparición, a los sumo con matices. Los números no dan para otros juegos malabares y, si ya es difícil que Sánchez acepte el pacto con el diablo de la pasokización, imaginemos una solución con quien te has estado dando codazos para entrar al centro del vagón lleno en plena hora punta. Es lo mismo. La credibilidad quedaría mermada en una alianza con la vieja política; por mucho que se apele a la responsabilidad de Estado, asoma la goma de la careta. A Rajoy le fue bien con el regalo de Navidades para levantar los ánimos del electorado, pero la ofrenda de los Reyes Magos a sus posibles compañeros de baile parece un delirante cortejo. Eso, o que uno acabe por descubrir que los que mandan en los escaños, mandan tan poco que, con un soplo, les hacen comulgar con ruedas de molino y de repuesto.
La segunda objeción es más grave. Cuesta creer que se le escape a Anguita. El pueblo ha votado y, aparte cábalas que no merece la pena seguir aireando, lo cierto es que, aun ganando Rajoy y resistiendo la vieja política, la tendencia mayoritaria es de lo que venía definiéndose desde hace algunos siglos como izquierdas. Pues eso, el pueblo parece el convidado de piedra, se le presupone el actor pasivo que traga lo que le echen: ya ha votado, fiat voluntas tua. Y nuestros pueblos han demostrado ser bastante heroicos. Con sus dificultades, con sus transversalidades, con todas sus identidades. No va a hacer falta que Podemos los incite. Ya se cuidarán de no hacerlo. La lucha ha cambiado de reglas y de escenario. Tampoco lo hará IU. El proceso de reforma constitucional que se esboza en lontananza parece de nueva cocina y con ingredientes genéticamente modificados. Y no hay que olvidar que ya es raro mover peones sin atender al aderezo de las previsiones demoscópicas. ¿Qué reformas nos esperan? No es, no puede ser, con tan distintos cocineros, lo que se está pidiendo ni para lo territorial, ni para lo social. España está entrando a Urgencias y va a ser atendida por un estilista en la sala de espera, donde le van a dar, en lugar de medicina, un descafeinado. A menos que todo esto sirva para marear la perdiz, llenar periódicos de debates y de titulares y ver si a falta de brotes verdes nos vamos acostumbrando a los de soja. Desgraciadamente, la gente entiende de economía a final de mes, cuando mira el saldo y, en lo restante, el pueblo español ha demostrado la madurez necesaria como para que no lo vuelvan a engañar con pantomimas.
Lo siento mucho, seré poco clarividente, algo pesimista, demasiado de parte. Se me debe estar escapando alguna cosa. Pero por más que miro desde un ángulo y desde otro, si las intenciones son éstas, ni veo claro el gobierno, ni veo claros los cuatro años.

El voto cautivo y el voto de identificación

Durante años, en Italia, había que armarse con linternas y focos, había que escudriñar los rincones más remotos para encontrar un votante declarado de Berlusconi. Quien más y quien menos podía contar con la nítida lectura que permitían los resultados electorales para comprender que el trasvase de la Democrazia Cristiana cuadraba, que habíamos pestañeado un momento y donde antes estaban ellos ahora estaba escrito Forza Italia. Tangentopoli se había resuelto, a la postre no resuelto, de esta manera, como si ahora en España se sustituyera en bloque al PP por Ciudadanos: una garantía para que nada cambiase.
Hablar de voto cautivo para explicar resultados de mayorías es usar un concepto insultante para muchas personas. Desgraciadamente, si buscamos razones, hallaremos un mecanismo más perverso, que tendríamos que asumir para comprender correctamente lo que sucede en nuestra sociedad. No niego la existencia de votantes que desgraciadamente no tienen casi elección. La complicidad social tiene grados y la ideología tiene capacidad de sobra para ponernos en bandeja coartadas y autoengaños con que justificarnos, pero no todo se puede meter en el mismo saco. Hay niveles directos de implicación en las esferas sociales vinculadas más estrechamente con la política, ya sea por beneficios recibidos, ya sea porque se ve en peligro el estatus, pero por fortuna, aunque no son casos aislados, sí son muy extremos. Se diría que además resultan de sobra compensados por quienes desgraciadamente han empezado a quedar al margen, por quienes carecen de trabajo y de influencias.
Regresando al ejemplo italiano del que partía, hay otro síntoma alarmante cuando consideramos a día de hoy lo que significó Mani Pulite: en los 90 había una moral pública que podía hacer caer de un plumazo un entero partido, incluso aunque se tratara de una de las piezas claves constituyentes de la República italiana en 1946. Sin embargo, nadie se rasgó las vestiduras, ni dijo que se estuviera atentando contra el pacto social. Al contrario, hubo un sentimiento nacional de vergüenza. Con los democristianos, escindidos y polarizados hacia otras alianzas, cayó también Craxi y las siglas que representaba se diluyeron, a pesar de tímidos esfuerzos por hacerlas rebrotar. No volverían ya a ser determinantes.
En estas condiciones, lo que uno se esperaría sería la desaparición del votante de dichas opciones, pero no la invisibilidad del votante nuevo. Este fenómeno se puede analizar de dos maneras. La sociología tiende a hacerlo a partir de datos, pero éstos no siempre explican lo que captamos a través de sensaciones, mediante el análisis directo que nos proporciona el contacto con las personas. En este sentido, lo que Forza Italia supuso con ese gran anatema político que constituía la representación directa de los intereses económicos privados en el Estado, revelaba un peligro que la socialdemocracia debería haber estudiado en su momento. El voto a Berlusconi era un voto de identificación, de pertenencia a un engranaje, no ya a una clase social. Había empezado a instalarse el discurso de que si le va bien a quien te ha dado el puesto de trabajo, será también beneficioso para ti. De ahí esa contradicción, en un periodo de incertidumbre en que, con los primeras metas conseguidas de esa llamada sociedad del bienestar, los desajustes que actualmente padecemos no se vislumbraban en el horizonte. Lo cual marcó, ante la completa ceguera de la izquierda, una transición desde la conciencia de clase del pasado siglo hacia nuevos modelos de identidad. Y ahí, el poder mediático que Berlusconi monopolizaba le hizo ganar decisivamente terreno. Por eso había en sus votantes una cierta conciencia de culpa que los convertía en mayoría invisible, al menos durante la primera década de existencia de este partido y de su transformación en las sucesivas coaliciones.
No obstante, hubo una ceguera mayor, que ha llegado casi hasta nuestros días, el grave error de la socialdemocracia y de su abrazo a la remodelación de la tercera vía era, si consideramos estas premisas, el definitivo suicidio político al que puede verse abocada si no rectifica urgentemente: al reducir gradualmente el peso de lo público, redujo visiblemente el peso de voto por identificación, que fue yendo a parar poco a poco a manos de los representantes de quienes tutelaban legítima o no tan legítimamente, según hemos comprobado, los sectores privados para los que ahora cada vez más gente trabajaba. Romper esta cadenas de identidades sólo se puede conseguir recobrando el terreno perdido y politizando la esfera pública, ampliando los márgenes de participación ciudadana. Pero la espectacularización mediática a la que hábilmente nos han sometido supone un obstáculo. La influencia de ésta sólo ha empezado a quebrarse con el paulatino protagonismo que van adquiriendo las nuevas formas de comunicación y las redes sociales, lo que en gran medida ha permitido la actual momentánea reacción.
Es evidente que Podemos ha sido la iniciativa, ahora ya transformándose en partido, que mejor ha leído nuestro panorama. Pero su base es la de los nuevos niveles de marginación social: el paro, la precariedad, las jóvenes generaciones no integradas en el sistema, el descontento intelectual y la intolerancia ante la corrupción. Careciendo de otras fuentes de voto de identificación, sus límites actuales de apoyos pueden oscilar entre un 15 y un 30% de votantes potenciales. Algo que parece un milagro para un partido que aún está construyendo su infraestructura. Para un asalto al poder se va a necesitar algo más. A tenor de lo previsible, en el actual laboratorio de estas elecciones municipales parece que esa otra vía, con estrategias integradoras como Syriza, pero con formas de organización más cercanas a las de Podemos, se pueda presentar como una solución más exitosa, como un camino adecuado para recoger mayores consensos. La mejor noticia de todo esto, en el caso de que los resultados ratificaran las previsiones, es que muchas personas empezamos a recobrar una opción política que nos represente. La duda, que ha de resolverse el próximo 24, es si en las próximas generales convendrá apostar por un Ahora España, mientras Podemos termina de organizarse, sin precipitación y sin pasos en falso. Ya sabemos por otras formaciones emergentes que la prisa no es buena consejera. La prudencia, a pesar de la necesidad de aprovechar un momento clave, con que Podemos ha renunciado a las municipales es garantía de voluntad de hacer las cosas bien. Y si algo es imprescindible, considerando lo que se otea en el horizonte, es que las cosas se hagan bien.

A ver si Podemos…

Me he pasado muchos años causando un cierto estupor entre amigos y enemigos cada vez que discutía de política. Es muy difícil hablar de política; se usa, y hasta en contadas excepciones se consigue poner en práctica pacíficamente, pero la colocación distintiva, el verbo que a todos se nos presenta como el correspondiente más nítido es discutir y no se trata de algo casual. Reconozco que, en mi caso, era una costumbre exagerada; tendía a intervenir poco, pero, cuando lo hacía, siempre era a contracorriente. Me atenía, sin embargo, a un principio muy elemental: los nuestros nunca me parecieron muy nuestros. O, peor aún, le daba la vuelta a la cuestión, imitando lo que Yupanqui comentaba sobre aquella canción que lo llevó por un breve período a la cárcel, las “Preguntitas sobre Dios”, y que le incitaba a reflexionar sobre el reverso del interrogante: ¿Dios cree en mí? Pues eso: la política que hemos padecido en los últimos decenios ¿creía en el ciudadano?, ¿creía en la persona? Evidentemente, no lo hacía; pero al final ni siquiera se molestaba en fingir hacerlo.

Algo ha cambiado en los últimos meses. En lo personal, cada vez he escuchado con más frecuencia lo de “llevabas razón”; pero no como un reconocimiento, sino como una especie de deuda contraída consigo mismo por parte de los interlocutores, como un reproche que se formulaban por no haber querido ver la gravedad de las consecuencias de cuanto hemos tolerado. En lo impersonal, se hace muy difícil que, después del alardeo y de la ostentación sin ningún tipo de pudor, sus artífices puedan salir airosos con una simple máscara. Tras cada patada a una piedra hallamos un caso de corrupción debajo. Complicidad social, que parecía moneda de cambio inagotable en tiempos de bonanza. Pero se torció todo y no pueden pedir los aplausos de aquellos que pagan las consecuencias. Se habla de la impracticabilidad de ciertas propuestas audaces que la nueva política plantea, pero a nadie le resulta inaudito que en nuestros intrincados mecanismos económicos lo viable sea que el pobre rescate al rico, que el ajusticiado alabe la cuchilla del hacha del verdugo. Piensan, siguen convencidos de que con algo de cosmética, con rostros nuevos y rejuvenecidos, este inmenso tinglado volverá a encauzarse. Y fuerzan, hipotecando nuestro futuro, los escasos recursos que nos han dejado en busca de algún índice alentador de crecimiento o de un atisbo de disminución del paro debido al aumento del trabajo estacional. No sé cómo lo ves tú, pero yo sigo bastante indignado. Y me sorprende usar todavía ese término eufemístico, el grado correcto es el del cabreo.

Qué duda cabe, Podemos no es una panacea. Se equivoca Iglesias al ufanarse de sus ingredientes secretos, declarando recientemente en Portugal las recetas del éxito. Como Grillo había demostrado ya en Italia, bastaba la crítica abierta a la clase política para recoger los frutos de tanta prepotencia incompetente a la que hemos estado sometidos. Sólo que si se cosecha y no se planta, se pierde rápido el crédito tan frágil y fatigosamente obtenido. De ahí que, con la debida sagacidad, nuestra nueva formación medite y no quiera dar palos de ciego. Podemos va en serio. Está aprovechando los resquicios que ha dejado el sistema y ha empezado a causar miedo. No va a ser un juguete en manos de poderes fácticos, deseosos de tener bien aferrada la sartén por el mango a la hora de pactar con representantes políticos débiles y amenazados; por eso no habían visto con malos ojos, en principio, el que un nuevo partido pusiera en jaque a los ya maltrechos tradicionales. Pero los debutantes crecieron demasiado en sus expectativas de voto y ya les han fijado un tope. También la casta ha comprendido que no va a sacar tajada si siguen tirándose los trastos a la cabeza: tienen que concordar una tregua frente al enemigo común recién nacido. Sólo que, así, el tablero político empieza a mostrar sus verdaderas contradicciones. Tales ataques conducen a la victimización del adversario y pasan por el riesgo de ser leídos con sospecha y de provocar efectos colaterales indeseados. La estereotipada casta se va a poner al descubierto, dando más razón de ser, si cabe, al discurso al que se enfrenta. Todo esto huele a querer y no poder.

El miedo y la inquina delatan debilidad y el enemigo no es torpe: se prepara ya para las embestidas. Se ha dado cuenta y empieza a usar los argumentos a su favor, para sus propios propósitos. La casta no va a ser más casta (o sí, depende del significado que interpretemos) por dejar de airear trapos sucios y sacar a relucir el pelo de algún huevo podemista, podrido o pudriéndolo a la fuerza. Con tan poca arenisca no van a conseguir ocultar sus propias rocas. La opinión pública no está para que la condecoren con ulteriores ingenuidades que ofenden el sentido común. Basta. Si se han decidido por ese camino, tardarán poco en darse cuenta de que es un callejón sin salida.

Pero se equivocaría también Podemos si subestimase la delicadeza del proceso al que se enfrenta. Navegar por aguas inexploradas comporta asumir muchos riesgos. De nuevo, los herederos del pensamiento de izquierdas ante la necesidad de inventarse. A todas luces, y a pesar de errores y horrores, el episodio más apasionante que ha definido el siglo pasado. Crear política, ahora a través de redes de opinión, recoger el descontento popular y canalizar ideas para que las voces acalladas se trasformen en actos no es tarea fácil y, sobre todo, carece de precedentes. Pero si no somos partícipes de esa osadía, difícilmente dispondremos de argumentos para quejarnos luego. Eso, los votos más jóvenes lo saben y han captado perfectamente quiénes pueden, y quiénes no, ser sus interlocutores.

Ahora bien, ese miedo a Podemos va acompañado de otras reticencias inusitadas, sobre todo si comparamos con otros países y con otras realidades sociales. Si quieren convertirse en una verdadera alternativa de gobierno sólo hay una vía. No poseen, como el M5S, el don de la transversalidad. No son inanes. No son la protesta por la protesta. Está bien proponer la metáfora de los de arriba y los de abajo, abandonando esa inoperativa ubicación de derechas e izquierdas. Pero no es suficiente. No se ayuda de manera incisiva a romper con algo mucho más grave y a la vez más ridículo, pero real y patente. Leo, entre líneas, algún destello esperanzador en el discurso de Pablo Iglesias al que aludía, cuando menciona la estrategia de “partir la espina dorsal de los consensos sociales creados por el neoliberalismo”. Son, pues, conscientes de esta necesidad. Sólo que España, esa España que creo seguir conociendo a pesar de la distancia, tiene aún resabios ideológicos muy interiorizados que dan a muchos votantes una visión distorsionada de sí mismos. Son los reflejos de las castas, esos extraños resplandores por los que tanta pobre gente cree ser uno de ellos, por los que tantas personas sin intereses, ni bancarios ni de propiedad, siguen convencidas de que las reformas que les plantean les van a sustraer algo propio e inalienable. Y como ahora esta pobre gente ya no tiene casi nada, como le han cedido los restos a sus encorbatados y enchaquetados benefactores, lo único que les queda es que no los represente alguien con coleta y de trapillo. Hay que salvar la máscara, la ilusión de ser. De ahí ese irreprimible desprecio de perroflauta, de chavistas, de desarrapados… Esa rémora, que ya es conciencia sin clase, porque la verdadera clase la determina el dinero y ése está en otras manos, no se ha dado cuenta de que la historia le ha pasado por encima. Esa parte de una clase media medio descoyuntada, cuya devoción y admiración al verdugo roza el masoquismo, se aferra al abolengo de trozos de fractura de vértebra, creyendo satisfecha que el marxismo está muerto, ignorando que éste no es más que la constatación de las contradicciones del sistema que respiramos. Para matar al marxismo hay que matar al capitalismo, porque ambos son la hidra de las siete cabezas de su reverso. Lo que sí se ha muerto, y no se han querido percatar, es precisamente el fantasma con que se identifican: la vieja clase media antaño privilegiada y saturada de ínfulas señoriales. Lo que queda de ella es sólo un eco que otros más hábiles hacen resonar de vez en cuando para que el burro corra tras la zanahoria. Y va a ser “bastante imposible” concienciarlos de que precisamente son estos perroflautas podemistas los que están velando por sus intereses. Difícil, pero de alguna manera tendrán que intentarlo. Y, de paso, desengañar a los otros pseudoprivilegiados de la tortilla vuelta, convencidos durante años de que gobernaban los suyos y para los suyos, para que abran los ojos y vean que ya no quedan lentejas en el plato por el que se habían vendido. Casi nada: reinventar una política seria. Dudo de hasta qué punto será posible, pero sí sé, perfectamente, quiénes no van a hacerlo. A ver si Podemos…

P. S.: Habrá quien torpemente se sorprenda con la “irresistible ascensión” de Podemos.  El que un movimiento con verdadera vocación social pudiera cubrir ese vacío político en España es lo que planteaba en este mismo blog (Tsunamis de laboratorio) hace ya más de un año, tras el fracaso en Italia de Bersani y la irrupción del M5S. Sería incongruente el no alegrarme ahora de que Podemos esté desarrollando precisamente esa función.

Espero no tener que añadir muchas glosas al texto. Choca que desde otras orillas se empiece a tildar a Podemos de haber surgido de conjuras profesorales y sindicatos universitarios. Y, al parecer, no predica con el ejemplo, porque antes de entrar en política habría que barrer la casa propia, como si ellos fueran los responsables de todo lo que se guisa por esos lares (y con escobas que nadie ha puesto en sus manos, se supone). No sé qué se entiende a veces como prioridades en los asuntos de estado, pero lo positivo, en cualquier caso, es que se reconozcan ciertos componentes que están ahí y que la derecha ha querido siempre ignorar. Igual, entre todos, van a conseguir que aparezca una imagen más clara y en su justa dimensión. Choca porque los ataques a las castas universitarias, que también las hay, conviene formularlos cuando toca (por ejemplo, tras muchas reformas insuficientes o equivocadas) y donde toca. En caso contrario, nos arriesgamos a caer en paralogismos a los que se les ve demasiado el anzuelo.

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