A la búsqueda del voto perdido

1. Los agujeros negros de las urnas

Los cánticos del “Sí se puede” de la noche electoral frente a la sede central del PP escondían un enigma fácilmente descifrable, pero en el que nadie ha reparado. Dicha en ese contexto, una frase incompleta cambia de significado y se abre a nuevos interrogantes: ¿qué es lo que se puede? Dejemos al lector la tarea de interpretarlo.

Demasiada embriaguez para tan poca victoria. Había sucedido lo previsible. El boomerang que era Ciudadanos iba a ser la pieza sacrificada del voto útil y lo que había nacido como freno ante Podemos se convertía ahora en una rémora para los intereses neoliberales. No se podía aniquilar, tal vez ni siquiera convenía, porque ese deterioro que no paga el PP, esa impunidad electoral a prueba de escándalos, podría caer en picado en cuanto se consiguiera desalojarlos del poder. Sólo hace falta ver lo sucedido al berlusconismo en Italia para comprender el proceso. No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, parece decirnos la experiencia.

Pocas novedades sobre lo perdido quedan por aportar. En sólo un par de días se han ido añadiendo valoraciones muy correctas y lúcidas. Sí querría destacar, sin embargo, que lo ganado es sólo discurso. El PP tiene más fuerza para reivindicar su derecho a gobernar, amonestando a Ciudadanos y al PSOE con idénticos argumentos a los que de inmediato Pedro Sánchez ha usado contra Pablo Iglesias. Ciudadanos asume su papel y abandona el juego de ser la coartada de los socialistas para fingir el regeneracionismo desde dentro, sabedores de que se les ha ofrecido para el futuro la tierra prometida (cuando Inda no hace sucia demagogia, se le escapan ocultas verdades, así que señaló desde su contenido entusiasmo el largo y brillante futuro que le espera a Rivera). Los socialistas no responden a los mensajes. Los enemigos de la arrogancia sacan el macho alfa del armario convencidos de que lo peor ha pasado. Y lo peor, sin embargo, es que se acabó el teatrillo, toca hacer política y las cosas están como estaban. Unidos Podemos perdió una chance, pero el que respecto a diciembre sus argumentos queden cercenados no tiene en este momento relevancia, ya que no puede haber nuevas elecciones. De hecho, si las hubiera, sería un grave riesgo para los defensores de las políticas neoliberales. Voy a intentar explicar las razones.

Digo de antemano que, a pesar de la cautela con la que intento analizar siempre, llegué a creer en el sorpasso. Por lo demás, la victoria del PP gracias al voto útil de la derecha la di por descontada. También hasta diciembre me declaré contrario a la coalición. Podemos necesitaba definir antes su identidad y consolidarse como fuerza política parlamentaria. De lo primero se encargó la operación Ciudadanos, y habrá que ver con más perspectiva de tiempo si no fue un gran favor. Lo segundo vino con los resultados del 20D. Por otra parte, siempre he tenido claro que uno más uno no hacen dos. Los votantes de más edad ejercen su derecho como autómatas y, como ha sucedido esta vez, a muchos, les acaba faltando su papeleta. Eran bastantes los factores que hacían arriesgada la apuesta. Sin embargo, en enero cambié de opinión. Me pareció el mejor momento. Había una coartada: garantizar un gobierno de progreso. Había una oportunidad: por mal que saliera, se salvaban los muebles para los dos partidos. Había una motivación fuerte: las alternativas políticas son por definición asediadas y débiles, no puedes permitir que te enfrenten y lo estaban haciendo. Esto había que zanjarlo si se quiere ser influyente y el momento ideal era ahora. Salió cruz, pero, en efecto, se traducía en el mismo número de escaños.

Si algo resulta evidente es que, aparte de una tendencia de desplazamiento hacia la derecha por los miedos propagandísticos colmados por el Brexit, la mayoría del voto perdido de Unidos Podemos se ha quedado en casa. Ayer, comentando las razones en un grupo de discusión con periodistas italianos, apuntaba la necesidad de valorar si el abstencionismo se debía más a los votantes de Podemos o a los de Izquierda Unida. La cuestión es importante para sacar conclusiones útiles. Y lo hacía añadiendo dos reflexiones: en primer lugar, que existía un precedente de la primera alianza para las autonómicas catalanas, donde pasó exactamente lo mismo: grandes expectativas en las encuestas iniciales que se resolvieron en un retroceso y batacazo final. Cierto, el panorama político catalán es más complejo, las elecciones se presentaban como un referéndum en el que Podemos se quedó en tierra de nadie, etc., pero el dato está ahí: faltó fidelidad de voto. En segundo lugar, que el hacer demasiado dinámica y líquida la referencia política tiene grandes ventajas cuando tus adversarios te encuadran en el punto de mira, pero resulta débil desde el punto de vista identitario.

Valorando los datos para la entrevista que me hizo Pietro Marino, había notado que allí donde la coalición obtuvo incrementos no bastaron (precisamente en ámbito rural), pero donde se tenía más fuerza hubo incluso retrocesos notables, salvo, no es casual, las áreas en las que los procesos de convergencia habían ocurrido antes y estaban mucho más consolidados. El diagnóstico me parecía claro y, a la vez, induce al optimismo. De inmediato, me daban confirmación señalándome el artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca (La caída de Podemos y el efecto IU) que aunque culpabiliza a la coalición sin muchos matices, deja en el aire algunas preguntas a las que nosotros habíamos dado ya respuesta. El factor de los nacionalismos no es relevante aquí. Hay una mayor caída allí donde IU era más fuerte porque los herederos del PCE son, como el partido comunista griego y el portugués, votantes con un enorme grado de identidad nutrida durante décadas, cayera lo que cayera, se obtuvieran los resultados que se obtuvieran. Algo que era más evidente allí donde IU aún había mantenido presencia parlamentaria, en las instituciones municipales y autonómicas, etc. Por otra parte, conviene tener presente que había existido mucho trasvase de IU a Podemos desde su nacimiento en las Europeas, que muchos habrán identificado en el joven partido la causa de una crisis que se echó encima cuando mejores perspectivas parecían abrirse en años; ese voto, aunque aún numeroso, era ya de resistencia.

Cierto, suman otros muchos factores y no hay que dudar de que hubo votantes de Podemos que no vieron con buenos ojos la división de la torta con un partido tradicional o los guiños hechos para tranquilizar a la opinión y a los poderes para seguir arañando votos en las esferas fronterizas. ¿Error de campaña? Tal vez, pero así es el juego de doble o nada; personalmente sólo me queda la duda  de hasta qué punto las victorias hoy se juegan en el centro. El electorado es muy heterogéneo en sus pretensiones y hay que hilar fino para no perder por un lado lo que vas ganando por el otro. En cualquier caso, creo que la presencia de líderes muy cercanos al 15M, como el mismo Alberto Garzón, o con una imagen compatible con la de Podemos, como Marina Albiol, o la de ideólogos de reconocido prestigio como Manolo Monereo no podía provocar ni mucho menos un rechazo. El votante de IU fue, en contra de lo previsto, más conservador que su militancia, pero la buena noticia es que el proceso es reversible y ya ha sido resuelto satisfactoriamente antes. Se trata de encontrar el modo.

Visto así, tal vez el voto de Podemos haya mostrado en realidad un suelo firme, con pocas fisuras. Para quienes están en el otro lado, para quienes convocaron estas segundas elecciones, en lugar de pactar una solución a la italiana, con el objetivo de buscar una segunda oportunidad de aniquilar a Podemos, la partida, analizado fríamente, se ha resuelto en tablas y con demasiados riesgos para nuevas urnas.

La mala noticia, tal vez, es que no sólo el intento de abrirse camino con la unidad, sino también el de aspirar a transmitir la sensación de ser una opción seria, de gobierno, en una línea mucho más moderada de como se les representa públicamente desde la otra orilla, también ha fracasado. La gente de más de 50 años sigue prefiriendo, en su mayoría, que les traigan los muebles montados a casa. Sin duda, podríamos hacer el análisis con ojos económicos de broker o con políticos de spin doctor, podríamos entrar en otro tipo de detalles, pero tal vez se nos escaparan sutilezas que sólo se ven desde una perspectiva panorámica. Hay que tener cuidado a la hora de calificar como errores las decisiones. Lo que no es rentable a corto plazo podría dar sus frutos en un futuro no muy lejano. Sería insensato dar marcha atrás. Crearía mayores debilidades. Estamos en un margen entre el 21 y el 26%. Cualquiera lo habría firmado a ojos cerrados hace un par de años. Ahora toca construir desde el suelo para alzar el techo.

2. Caimán no come caimán

Unidos Podemos estrenaba imagen y salía esta vez incorporando, en gran medida, la defensa de algunos aspectos de lo viejo con lo nuevo; y podía hacerlo porque lo que impera es aún más viejo. El papel del Estado sangra por los cuatro costados. Lo hacía cuando Theodore Roosevelt luchaba contra los monopolios y trataba de regularizar los mercados, cuando Lenin teorizaba sobre la fase imperialista del capitalismo o cuando la revolución nacional pequeño-burguesa que llevó a cabo el nazismo aplicaba principios keynesianos (de ahí la transversalidad de las actuales reacciones y de ahí la importancia de que la izquierda haya ocupado en España este espacio). Para colmo, lo queramos o no, esta globalización neoliberal se va pareciendo cada vez más estructuralmente a lo más aberrante del capitalismo de Estado al que condujeron las revoluciones comunistas. Cambiemos la retórica de la comunidad por la de la subjetividad y el juego está hecho: el poder y el control de la economía cada vez en manos de menos gente, la política tutelada, la propiedad privada cada vez más cercenada. Con un agravante: aunque no lo consiguieran, el llamado socialismo real se preocupaba por el bienestar social de forma igualitaria. Al neoliberalismo esto no le preocupa. Le basta con conceder pequeños privilegios a unos pocos, lo suficiente para que se sientan parte del entramado. En este contexto, hemos llegado a la paradoja impensable hace años de que sean los partidos de izquierda los que cada vez más defienden a las PyMEs y en breve empezaran a hacerlo con el nuevo trabajo autónomo precarizado. Por eso no les queda otro recurso en tiempos de crisis (y aprovecho para insistir en que la actual es ya estructural) que apelar al miedo, al sálvese quien pueda. Cuesta comprender la tozudez de una parte aún tan elevada de la población que se siente de algún modo privilegiada, pero sobre todo asombra su egoísmo. No calculan el que los hijos sin trabajo, o con trabajos mal pagados, que aún mantienen se traducen en ingresos de los que se les priva. No calculan que la pérdida de servicios empeora su nivel de vida. Me recuerdan mis discusiones con los vegetarianos, cuando les digo que si fueran consecuentes deberían replantearse su forma de entender la naturaleza, deberían considerar el que las plantas no son distintas, en lo esencial, de los animales. A lo que responden que carecen de sistema nervioso central, que no sienten (cuánto se parece el razonamiento a aquello de que los animales no tienen alma), etc. Les replico de inmediato afirmando que todo depende de algo muy sencillo: de si tú eres hombre, conejo o tomate. Pues lo dicho, en la calle Génova debería haber celebrado ese uno por ciento de privilegiados y basta. A quienes desde otra condición, en el actual sistema, les parece motivo de algarabía, sencillamente les digo: hipócrita lector, mi semejante, mi hermano, tú eres tomate. Caimán no come caimán. Es hora de que empecemos a diferenciar más nítidamente entre quién está intentando ayudarnos y quién nos está amargando la vida.

P. D. Mientras escribía esto llegó el cartero. Como llamó para hacer la entrega sabía que era una multa de tráfico. Sólo esas llegan directamente a tus manos. Ni siquiera el comercio por Internet funciona así. En Italia, si estás en casa da lo mismo, con el correo ordinario te dejan automáticamente el aviso para que decidas cuándo puedes perder más de media hora en retirarlo. Hasta hace poco, las empresas privadas, que sí te lo llevan a casa, se preocupaban por buscar fórmulas alternativas cuando estás ausente. Llegaron a hacer acuerdos con tiendas para que realizaran el servicio de punto de entrega, solución excelente, pero que no debía resultar rentable. Al poco tiempo cambiaron de modalidad y empezaron a invitar al cliente a acercarse a un almacén en la periferia de la ciudad a retirar los paquetes. Es decir, pagas más por el servicio y te añaden una hora de tiempo perdido y gastos a tu cuenta. No encuentro mejor manera de ilustrar la eficacia de las privatizaciones de lo público.

Resaca electoral

El lunes llega sin novedades. Seis meses de circo que no han servido para nada. Quienes intentaron aniquilar al enemigo con campañas mediáticas sólo se han conquistado un discurso que los hechos harán caer pronto en el olvido. Quienes trataron de coger fuerzas de flaqueza, obligados a morder el anzuelo del tirón que da el optimismo de las buenas previsiones, sólo han salvado los muebles (que no es poco, con lo que ha llovido). Quienes han tratado de esconder sus vergüenzas apelando al miedo de los bárbaros, han conseguido una victoria estéril y, probablemente, pírrica, ya que hay nubarrones en el horizonte y se acercan temporales.
El camino es largo y queda mucho por aprender. El neoliberalismo ha creado mecanismos de identidades que se basan en sentirse parte de un poder, partícipes de un beneficio. Es un hueso duro de roer. Lo hemos visto en Italia durante el berlusconismo, que parecía no tener fin. Pero también del ejemplo transalpino se puede aprender, pues la alianza con el enemigo para cambiar la situación acaba convirtiéndote en el enemigo. La posibilidad, aunque remota, de sacar al PSOE de sus ambigüedades se ha diluido por ahora. El voto útil de la derecha, come era previsible aunque las encuestas tampoco lo anunciaran, ha funcionado. Sin elecciones de por medio, y mientras las consecuencias de la austeridad que prosigue lo permitan, habrá menos escándalos de corrupción y los ministerios empezarán a tener más cuidado en su preparación de montajes contra los enemigos políticos.
Los milagros resultan difíciles de fabricar. Syriza tardó ocho años en llegar al gobierno y lo hizo gracias a una situación mucho más trágica aún de la que encontramos en los demás países mediterráneos europeos. Desgraciadamente, en la lucha entre quienes necesitan una esperanza y quienes son partidarios del sálvese quien pueda, en España han vencido aún los últimos. Se pierde una buena ocasión. Bastaba con que los votantes hubieran mantenido sus preferencias de diciembre y, sin esa fuerte abstención que ha marcado estas elecciones, se podría haber exigido un verdadero gobierno de transformación. Pero es difícil cuando toda la maquinaria se pone a jugar en tu contra, algo con lo que se podía contar; es difícil cuando te colocan como muro de contención a quienes deberían ser tus aliados. Circunstancia incómoda y, en cierto modo, diabólica, porque si Unidos Podemos hubiera subido a costa del PSOE, los números tampoco habrían dado para un gobierno alternativo. Y aquí, dejémonos de juegos, la pinza era otra e, hipocresías aparte, el objetivo ha estado marcado por los poderes: tú me salvas a mí y yo te salvo a ti. Otro éxito amargo, pues al final la partida quedó en tablas.
¿Qué podemos sacar en claro de todo este proceso? ¿Puede haber algo de positivo? Tal vez, curiosamente, paradojas. Esa izquierda que se mueve con aspiraciones altruistas y que busca recuperar los derechos sociales y una política más solidaria, acababa de hacer piña para conjurar los peligros del Brexit.  El sábado, se lamentaba del voto de los británicos y miraba con ojos esperanzados las expectativas del 26J. Esperaban también una señal positiva, una constatación de esas nuevas fuerzas de convergencia españolas que estaban mostrando un camino hacia el éxito. Pero precisamente, preocupándose por el interés común, y haciendo lo que se debía hacer, tal vez se les escapaban cuestiones más prácticas, más logísticas. Algo que sí sabían bien los poderes económicos, que daban por descontada la continuidad, aunque interina, del PP y sólo miraban a España de reojo.
Cierto que, para muchos, es una pena que se retrase un cambio político, que se dilate y tenga continuidad esa defensa vergonzosa de un estatus que está costando el malestar de una parte cada vez mayor de la población. Sin embargo, no creo que sea preciso flagelarse y tratar de buscar responsabilidades. Todos han jugado sus bazas y las han jugado bien. No me resulta claro que una campaña agresiva centrada exclusivamente en Podemos no hubiera causado mayores daños. La presión indujo a una coalición arriesgada, pero por separado es muy difícil que con esta ley electoral se hubieran obtenido mejores resultados. Se ha dado un paso que puede ser positivo para el futuro y, a pesar de no servir para asaltar los cielos, se ha contado con la flexibilidad necesaria para encajar el golpe. Lo peor ha pasado y dar ahora marcha atrás sería un grave error. No hay que felicitar, aparte de formalmente, a los adversarios, pero tampoco cargarse con culpas que no te corresponden. Se han sacado muchas cosas positivas. Se han creado formas de identidad más amplias, se ha sumado, se ha crecido. No como votos, pero sí en los actos (tal vez lo que hacía presagiar un mejor resultado). Muchos se preguntaban si Unidos Podemos había tocado su techo actual, pero mi sensación es que a su vez ha tocado suelo. Sale reforzado en muchos aspectos si se sabe leer la situación correctamente. Por lo que respecta a la coalición, la mejor estrategia es seguir buscando esa suma de activismo social que ya anunciaban, mientras que, como  partido, Podemos debería consolidar su organización, tarea que quedó a medias, pero que es necesaria para lograr una mayor fidelidad de voto en áreas donde posee poca representación. No olvidando que, también paradójicamente, las elecciones que más fuerza le dieron fueron las perdidas en Cataluña (donde también una nueva coalición destinada a crecer empezó perdiendo terreno) y, sobre todo, que basta mirar al horizonte para saber que llegan tempestades.

El PSOE y la terrible atracción al pasokismo

buripsoeHace escasos días concluía una entrevista para el canal Class CNBC italiano indicando cómo el riesgo del PSOE frente al nuevo escenario postelectoral previsible era el de acabar como el asno de Buridán, falleciendo víctima de su indecisión a la hora de elegir. Acostumbrado durante décadas a tener todo bajo control, ha sido incapaz de darse cuenta de que las recetas mediáticas se le han ido quedando viejas. Sus asesores de campaña dan la impresión de ser un anticuado equipo de publicistas que no son conscientes de en qué medida resultan estériles sus propuestas cuando no se atiende debidamente a las condiciones cambiantes del mercado. El espacio a su izquierda se ha vuelto líquido, informe, en permanente mutación y transformación. Para colmo, persisten en su empeño de seguir echando leña al fuego en medios que alcanzan a un sector social que, por edad y por estatus adquirido, resulta un terreno poco apto para ganar acólitos. A la vez, esta actitud invalida la credibilidad necesaria para penetrar con fuerza en otras esferas, donde es preciso contar con colaboración más participativa y espontánea. Sus fieles seguidores, como le ocurre a los de la derecha, tal vez inducidos por consignas, se mueven torpemente, lanzando con insistencia panfletos virtuales en los comedores de las casas de amigos y enemigos, obligándolos, en el peor de los casos, a que dejen de seguirlos.

Pero no son éstos los principales problemas. Si el presente ciclo electoral se abre con el peregrinaje al Caribe, sólo cabe sospechar que el temor y la desesperación han alcanzado cotas considerables. La fórmula lleva a sus espaldas un periodo de tantos meses que cualquier asesor inteligente debería haber advertido del rien ne va plus. A menos, y es lo único que podríamos deducir, que se esté respondiendo con una guerra de trincheras, a la defensiva, intentando no causar más bajas a través de ese empleo de clichés, estereotipos y estrategias del miedo, destinadas a quienes ya les votan.

En todo esto, la ilusión ha cambiado de bando. El PSOE quemó parte de la munición de su anterior programa en absurdos tanteos demoscópicos, sin darse cuenta de que había que construir en breve un nuevo discurso de campaña. Si pensaron en la eficacia de los medios a su favor para trasladar la culpa de sus propias contradicciones a Podemos, pecaron de ingenuos. Si confiaron en la contundencia de dañar la imagen de Pablo Iglesias repitiendo su nombre insistentemente en determinados contextos, mientras periodistas afines añadían los adjetivos pactados, se olvidaron de ocultar la tramoya. En cualquier caso, la incógnita por resolver es si van a saber reaccionar desde su actual bohío.

Ahora bien, nos queda otra posible interpretación en el aire. Tal vez la imagen del asno de Buridán no sea el emblema que verdaderamente les corresponde. En el fondo, hay una forma de desalentar al votante que busca una alternativa al gobierno del PP y que ha dejado de identificar en los socialistas tal opción: coaccionarlos. El PSOE se había erigido durante decenios, casi por antonomasia, en el intérprete de este rol, pero ahora parece dispuesto a hacerlo por decreto ley. Asumido el riesgo del abismo, han dejado de mirar el precipicio escondiendo la cabeza bajo tierra. El miedo al vacío ha sustituido su atracción por la del pasokismo. Acuñemos el neologismo, pues se prevé útil de ahora en adelante. Optar por la gran coalición, y más aún a destiempo,  es hacer invisibles a los más de 6 millones de ciudadanos, y a parte del propio electorado, que reclaman otro tipo de respuestas políticas y que de inmediato estarán pensando en aquello de la copla a la que los conduce el razonamiento: ni contigo, ni sin ti. No deja de ser curioso el que el PSOE se haya equivocado tantas veces recientemente a la hora de tomar sus decisiones, pero lo más paradójico es que casi siempre lo haya hecho desde una lógica que implica altas dosis de arrogancia, presuponiendo el tener siempre todo bajo control. Nada impide el que estos votantes reaccionen de forma contraria y busquen una nueva mayoría que prescinda de unos socialistas que no se declaran dispuestos a tutelarlos.

El PSOE, que tal vez ante las inminentes reacciones negará, aunque la suerte esté ya echada y a todos les resulte evidente, parece dispuesto a la definitiva transformación pasokista. Un ridículo golpe en la mesa, un intento desesperado por agarrarse, de nuevo, a otra rancia receta: la de un voto útil que ahora quieren presentar como forzado, como una condena a hacernos pasar por el aro. Demostrarnos, en el fondo, que no se puede, pero ahorrándose el tener que decirlo explícitamente, ya que eso se vería como un regreso, aún más imprudente, a la justificación inicial de esta crisis. Sólo que intentar cortar en flor las esperanzas no se diría lo más aconsejable. A la gente, y más cuando se acumula malestar y enfado, le gusta elegir. Los comportamientos estalinistas parece que han cambiado también de bando.  En plena exasperación, la carta del chantaje está destinada a causar el efecto opuesto. Ahora, sólo a Unidos Podemos le corresponde la tarea de enfrentarse a las políticas neoliberales que hasta diciembre Pedro Sánchez afirmaba combatir. La supervivencia del PSOE queda en las manos de los más fieles que, por circunstancias, se identifican, directa o indirectamente, con el aparato de partido. Tal vez así, los poderes tengan más margen para intentar dar el necesario empujón al PP sin dañar la rueda de repuesto para el futuro que parece ser C’s, quienes hasta ahora podíamos supuestamente definir como el principal chivo expiatorio, sobre todo si leíamos entre líneas unas siempre sospechosas encuestas en las que todos parecían subir.

El voto cautivo y el voto de identificación

Durante años, en Italia, había que armarse con linternas y focos, había que escudriñar los rincones más remotos para encontrar un votante declarado de Berlusconi. Quien más y quien menos podía contar con la nítida lectura que permitían los resultados electorales para comprender que el trasvase de la Democrazia Cristiana cuadraba, que habíamos pestañeado un momento y donde antes estaban ellos ahora estaba escrito Forza Italia. Tangentopoli se había resuelto, a la postre no resuelto, de esta manera, como si ahora en España se sustituyera en bloque al PP por Ciudadanos: una garantía para que nada cambiase.
Hablar de voto cautivo para explicar resultados de mayorías es usar un concepto insultante para muchas personas. Desgraciadamente, si buscamos razones, hallaremos un mecanismo más perverso, que tendríamos que asumir para comprender correctamente lo que sucede en nuestra sociedad. No niego la existencia de votantes que desgraciadamente no tienen casi elección. La complicidad social tiene grados y la ideología tiene capacidad de sobra para ponernos en bandeja coartadas y autoengaños con que justificarnos, pero no todo se puede meter en el mismo saco. Hay niveles directos de implicación en las esferas sociales vinculadas más estrechamente con la política, ya sea por beneficios recibidos, ya sea porque se ve en peligro el estatus, pero por fortuna, aunque no son casos aislados, sí son muy extremos. Se diría que además resultan de sobra compensados por quienes desgraciadamente han empezado a quedar al margen, por quienes carecen de trabajo y de influencias.
Regresando al ejemplo italiano del que partía, hay otro síntoma alarmante cuando consideramos a día de hoy lo que significó Mani Pulite: en los 90 había una moral pública que podía hacer caer de un plumazo un entero partido, incluso aunque se tratara de una de las piezas claves constituyentes de la República italiana en 1946. Sin embargo, nadie se rasgó las vestiduras, ni dijo que se estuviera atentando contra el pacto social. Al contrario, hubo un sentimiento nacional de vergüenza. Con los democristianos, escindidos y polarizados hacia otras alianzas, cayó también Craxi y las siglas que representaba se diluyeron, a pesar de tímidos esfuerzos por hacerlas rebrotar. No volverían ya a ser determinantes.
En estas condiciones, lo que uno se esperaría sería la desaparición del votante de dichas opciones, pero no la invisibilidad del votante nuevo. Este fenómeno se puede analizar de dos maneras. La sociología tiende a hacerlo a partir de datos, pero éstos no siempre explican lo que captamos a través de sensaciones, mediante el análisis directo que nos proporciona el contacto con las personas. En este sentido, lo que Forza Italia supuso con ese gran anatema político que constituía la representación directa de los intereses económicos privados en el Estado, revelaba un peligro que la socialdemocracia debería haber estudiado en su momento. El voto a Berlusconi era un voto de identificación, de pertenencia a un engranaje, no ya a una clase social. Había empezado a instalarse el discurso de que si le va bien a quien te ha dado el puesto de trabajo, será también beneficioso para ti. De ahí esa contradicción, en un periodo de incertidumbre en que, con los primeras metas conseguidas de esa llamada sociedad del bienestar, los desajustes que actualmente padecemos no se vislumbraban en el horizonte. Lo cual marcó, ante la completa ceguera de la izquierda, una transición desde la conciencia de clase del pasado siglo hacia nuevos modelos de identidad. Y ahí, el poder mediático que Berlusconi monopolizaba le hizo ganar decisivamente terreno. Por eso había en sus votantes una cierta conciencia de culpa que los convertía en mayoría invisible, al menos durante la primera década de existencia de este partido y de su transformación en las sucesivas coaliciones.
No obstante, hubo una ceguera mayor, que ha llegado casi hasta nuestros días, el grave error de la socialdemocracia y de su abrazo a la remodelación de la tercera vía era, si consideramos estas premisas, el definitivo suicidio político al que puede verse abocada si no rectifica urgentemente: al reducir gradualmente el peso de lo público, redujo visiblemente el peso de voto por identificación, que fue yendo a parar poco a poco a manos de los representantes de quienes tutelaban legítima o no tan legítimamente, según hemos comprobado, los sectores privados para los que ahora cada vez más gente trabajaba. Romper esta cadenas de identidades sólo se puede conseguir recobrando el terreno perdido y politizando la esfera pública, ampliando los márgenes de participación ciudadana. Pero la espectacularización mediática a la que hábilmente nos han sometido supone un obstáculo. La influencia de ésta sólo ha empezado a quebrarse con el paulatino protagonismo que van adquiriendo las nuevas formas de comunicación y las redes sociales, lo que en gran medida ha permitido la actual momentánea reacción.
Es evidente que Podemos ha sido la iniciativa, ahora ya transformándose en partido, que mejor ha leído nuestro panorama. Pero su base es la de los nuevos niveles de marginación social: el paro, la precariedad, las jóvenes generaciones no integradas en el sistema, el descontento intelectual y la intolerancia ante la corrupción. Careciendo de otras fuentes de voto de identificación, sus límites actuales de apoyos pueden oscilar entre un 15 y un 30% de votantes potenciales. Algo que parece un milagro para un partido que aún está construyendo su infraestructura. Para un asalto al poder se va a necesitar algo más. A tenor de lo previsible, en el actual laboratorio de estas elecciones municipales parece que esa otra vía, con estrategias integradoras como Syriza, pero con formas de organización más cercanas a las de Podemos, se pueda presentar como una solución más exitosa, como un camino adecuado para recoger mayores consensos. La mejor noticia de todo esto, en el caso de que los resultados ratificaran las previsiones, es que muchas personas empezamos a recobrar una opción política que nos represente. La duda, que ha de resolverse el próximo 24, es si en las próximas generales convendrá apostar por un Ahora España, mientras Podemos termina de organizarse, sin precipitación y sin pasos en falso. Ya sabemos por otras formaciones emergentes que la prisa no es buena consejera. La prudencia, a pesar de la necesidad de aprovechar un momento clave, con que Podemos ha renunciado a las municipales es garantía de voluntad de hacer las cosas bien. Y si algo es imprescindible, considerando lo que se otea en el horizonte, es que las cosas se hagan bien.

Tsunamis de laboratorio

A pesar de las frecuentes iniciativas de los indignados españoles, a pesar de una mayor protesta, de un hastío más fuerte recorriendo nuestras calles y ciudades, parece más difícil a día de hoy una canalización política como la que ha llevado a cabo el M5S en Italia. Las razones son evidentes, pues hablamos de dos panoramas nacionales bastante antagónicos. Mientras que en España se ha asistido a una alternancia política, primero de periodos largos, luego más breves, mientras que ésta ha condicionado una renovación de candidatos, una búsqueda de nuevas estrategias de imagen y de comunicación, en Italia se padecía una hegemonía inexplicable. Berlusconi cuenta, sin duda, con más caídas que Cristo. Su calvario ha sido anunciado tantas veces que resulta asombroso que sus opositores se sigan llamando a engaño. Ayer mismo tuvo que hacer una nueva advertencia Massimo Cacciari en el programa de debate político Servizio Pubblico, una de los últimas reservas de libre opinión, que dirige y presenta Michele Santoro. El personaje sigue ahí y no se le debe dar por muerto.

Resulta evidente que el desengaño del ciudadano italiano respecto a la casta política dirigente, en estas circunstancias, ha empezado a actuar en bloque. Se duda del sistema, la manipulación informativa es un hecho que se da por descontado, la falta de transparencia y de democracia en la organización de los partidos pesa hasta tal punto que el PD es consciente de su necesidad de renovación, pero carece de recambios tras años de oposición en los que no ha sabido ni querido atender a corrientes internas de opinión y que, por lo tanto, dejó sin salida a las nuevas generaciones. Sin embargo, fuera de la versión oficial, el tsunami les llega a todos porque, gradualmente y sin darnos cuenta, los partidos políticos se han burocratizado, se han verticalizado excesivamente en los últimos decenios, se han distanciado de sus electores.

Tal vez no haya que perder de vista estas razones, porque si se tira del hilo es posible que el tsunami español sea ahora mismo una maraña de fuerzas contenidas listas para estallar. Por fortuna, la izquierda española ha sabido en seguida estar alerta y ser consciente de que tenía que ponerse del lado de los más desfavorecidos en la actual crisis, pero a veces lo hizo olvidando hipócritamente su parte de culpa y sin realizar ningún tipo de autocrítica. Quizás sería el momento ideal para exigir una transformación interna más profunda, sobre todo si se quiere evitar que la credibilidad futura vaya a parar a otras manos, como ya está empezando a ocurrir en algunos países cercanos.

Otra diferencia radical entre Italia y España la podemos observar en la diferente vida de los escándalos. Mientras uno puede pasarse semanas leyendo en la prensa española noticias sobre el caso Nóos y sobre Bárcenas, vuelan entre las páginas de los periódicos transalpinos ventas y compras de parlamentarios, asuntos turbios bancarios, conjuntivitis y demás harenes. Una danza que se ha incrementado conforme se ha ido desmenuzando la amenaza de un poder fuerte. Si se abandona la gestión ajedrecística de la partida, si se dejan de sacrificar débiles peones para crear daños electorales al adversario, la corrupción empieza a emerger con todo su esplendor y lo que eran evidencias de dominio público hasta ahora reducidas a sospechas nos empiezan ya a marcar los verdaderos niveles de degradación del sistema actual.

Las consecuencias son claras: o los partidos políticos regresan a sus orígenes, renovando sus filas y creciendo en contacto con los ciudadanos, o serán otros los que recojan las voces de los numerosos electores en busca de representante fidedigno. Eso, o que quienes ahora ocupan ese espacio sigan rezando para que se desvanezca en la nada la crisis y que de ese modo todo pueda quedar felizmente archivado en el olvido.

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